
Apenas se vislumbra Gibraltar, me esfuerzo en adivinar su silueta entre la bruma mientras apuro en la cubierta de popa el último cigarro que me queda.
El último haz de luz de la tarde de septiembre sofoca el horizonte mientras el barco que me ha de devolver a la vieja Europa surca el estrecho dejando sus efímeros recuerdos de espuma en la bocana del puerto de Ceuta.
Dejo atrás África hipnotizado por el vaivén del ferry, recordando al remontar cada ola la primera vez que realicé la travesía inversa entre sollozos secos en el ya lejano mes de marzo.
Pienso en quien fui y en la que soy ahora, y me doy cuenta de que para algunas personas la única manera de crecer es dejar atrás todo, pero para ir a buscarlo luego aún a riesgo de no encontrarlo.
En apenas unos meses el tiempo ha decidido que por mis sienes y mi mente hayan pasado siglos, ya nunca volveré a ser el mismo, ya nunca sabré quién pude haber sido, pero aunque está en mi naturaleza quejarme, no me arrepiento.
No atreverse es no vivir, pero tampoco es morir: es agonizar, marchitarse en primavera, gemir en un bautizo y aplaudir en un entierro. Es arrepentirse, es avergonzarse y es flagelarse.
Es una lección que aprendí a hostias, pero que ya no olvidaré nunca.
Esta historia, que es la mía, comenzó muy lejos de aquí, en un lugar donde los mares de arena y las alfombras de especias no se pueden concebir...
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